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"La
galaxia de Andrómeda puede barruntarse a simple
vista como una difusa nebulosidad en el cielo nocturno.
El más modesto de los prismáticos nos
mostrará un espectáculo anodadante. Allá
"arriba", infinitamente más lejos que
las estrellas más distantes, cientos de miles
de millones de soles alumbran amaneceres quizá
tan vivos como el nuestro. La suave luz dorada de este
inmenso piélago de soles, también conocido
como M-31, ha tardado 2 millones de años en llegar
hasta nosotros. Lo que un día fue presente, tras
recorrer en forma de luz una devastadora y fría
oscuridad, se trastoca en pasado al acariciar nuestra
retina. Estamos tocando el universo."
Desde el centro de una gran ciudad difícilmente
distinguiremos M-31 a simple vista, así que no
se extrañe si jamás ha visto una difusa
nebulosidad en el cielo nocturno con un cierto parecido
a la galaxia en cuestión. La observación
astronómica exige cielos oscuros y medianamente
limpios. Bajo estas condiciones no le resultará
muy complicado localizar a M-31 en la posición
00 43, +41 16. ¿Que de qué le estoy hablando?
No se preocupe, a mí me soltaron algo parecido
cuando empezaba. Querían ayudarme, facilitarme
las cosas, enseñármelo "todo"
en una noche (los astrónomos aficionados son
así, disfrutan observando los gestos de asombro
del novato, y créame, lo hacen con la mejor de
las intenciones), pero lo cierto es que, al menos al
principio, hubiera preferido unas explicaciones más
de andar por casa. Así que olvidemos esto último,
que Usted ya aprenderá por su cuenta si el asunto
le interesa, y vamos a enfocar las cosas, o mejor dicho,
los astros, desde otra perspectiva.
Seguro que recuerda haber aprendido en algún
momento, probablemente en el colegio, que uno de los
telescopios más grandes del mundo se encontraba
(y sigue encontrándose) en Estados Unidos, en
concreto en el "Monte Palomar". Hoy existen
telescopios mucho mayores, pero bueno, eso es lo de
menos, lo que quería contarle es que con un telescopio
de aficionado de tipo medio dotado de una cámara
CCD conectada ésta última a su vez a un
ordenador doméstico, se pueden registrar imágenes
estelares de magnitud 21, o sea, la que durante décadas
fue la magnitud límite del gigantesco telescopio
mencionado como ejemplo. No es que para observar sea
necesario todo este derroche instrumental, ni mucho
menos, le hago este comentario para que no caiga en
el error de pensar que un aficionado apenas puede hacer
otra cosa que mirar tres o cuatro estrellas por un tubo.
Lo de la magnitud es importante; piense que desde el
campo nuestra retina apenas alcanza a distinguir estrellas
de la 6ª magnitud (por supuesto, con Luna "llena"
las cosas se complican, aunque siempre es preferible
esto a que se nuble, claro). La 7ª magnitud, invisible
ya del todo a nuestra vista, es 2´5 veces menos
luminosa que la 6ª, la 8ª magnitud 2´5
veces menos que la 7ª, y así sucesivamente.
La magnitud 18, por poner un ejemplo, corresponde al
brillo del cielo nocturno, es decir, a ese espacio oscuro
en el que parecen estar pegadas las estrellas. Con estos
datos ya podrá Usted ir haciéndose una
idea de lo que supone alcanzar la magnitud 21. El problema
de la astronomía, como se deduce fácilmente
de lo expuesto, no radica en que todos los objetos a
observar "se vean pequeños" (¡la
galaxia de Andrómeda cubre casi medio campo en
unos prismáticos corrientes!), sino que la luz
que nos llega de los mismos resulta a menudo insuficiente
para excitar las células sensibles de nuestra
retina. Necesitamos valernos de un instrumento óptico
que recolecte un gran número de fotones y los
concentre en el interior de nuestro ojo. De aquí
que sea la abertura del binocular, o telescopio, que
empleemos el factor que nos delimitará la capacidad
de ver o no estructuras débiles, algunas de ellas,
dicho sea de paso, tan extensas como difusas. Del diámetro
del objetivo dependerá su luminosidad, definición
y número de aumentos que podrá llegar
a proporcionarnos sin que la imagen se torne confusa
y oscura. Así que ya lo ve, no hace falta un
descalabro económico para iniciarse en la afición:
unos buenos prismáticos serán suficientes,
y, desde luego, preferibles a uno de esos anteojitos
"cuasi todo a cien" con el que sólo
logrará desesperarse (salvo que las aberraciones
ópticas causen en Usted un profundo regocijo,
cosa que dudo).
Si después de contemplar M-31 con prismáticos
(un sencillo planisferio de cartón le mostrará
dónde encontrarla, ¡fíjese qué
fácil!) mira inquieto su reloj porque faltan
sólo 10 minutos "para el programa ese de
la tele", mal asunto. Pero si continúa Usted
haciendo barridos por el cielo hasta las tres de la
mañana... Bueno, en este caso será mejor
que prosigamos con lo nuestro. Probablemente, esa estrella
"gorda" con la que se ha cruzado varias veces
en su periplo por la bóveda celeste fuese Júpiter
(se lo comento por si estaba Usted buscándolo),
pero debido al bajo factor de ampliación de unos
prismáticos corrientes sólo habrá
podido ver eso, un globo de luz muy brillante (su magnitud
media es -2) y, como es habitual en los planetas, de
apenas centelleo. Ya ve, en este caso no es cuestión
de luz sino de aumentos. Para ver un objeto como si
se encontrara dos veces más cerca hacen falta
2 aumentos (x2), así que si su binocular es,
pongamos por caso, un 7 x 50 (la primera cifra indica
los aumentos ópticos y la segunda el diámetro
del objetivo expresado en milímetros) la cosa
no da para mucho (una estrella vista siete veces más
cerca, pues eso, sigue siendo una estrella "muy
muy" lejana, de aquí que se siga viendo
como un punto). Si desea Usted ver cúmulos, nebulosas,
galaxias, estrellas dobles o planetas, no le quedará
más remedio que adquirir tarde o temprano un
telescopio (si está Usted casado, o casada, ¡en
fin, puede intentarlo con M-31 a ver si hay suerte!,
aunque en este caso tener hijos es muy socorrido, ya
sabe, por lo de que a la criatura le vendrá bien.
Y no le quepa la menor duda de que así será).
Conocer de antemano a qué tipo de observación
va a destinar su telescopio es importante, entre otras
cosas porque se fabrican diversos tipos de instrumentos
y cada uno de ellos se comporta de manera diferente.
Así que vamos a intentar aclararle a Usted las
cosas. Como le comenté anteriormente, la misión
del objetivo de cualquier telescopio es recoger y concentrar
la luz en un punto situado cerca de nuestro ojo. Como
también sabe Usted, a mayor diámetro del
objetivo mayor cantidad de luz será recogida
por éste (un objetivo de 10 cm. de diámetro
será cuatro veces más luminoso que uno
de 5 por el mero hecho de tener una superficie cuatro
veces mayor -¿recuerda cómo se calcula
el área de una superficie circular?-). Ahora
bien, estará de acuerdo conmigo en que cuanto
más lejos se encuentre el punto (o foco) en el
que el objetivo concentre la luz menor será la
intensidad de la misma en dicho punto. La distancia
focal, que como puede apreciar no tiene nada que ver
con el diámetro del objetivo, determina su luminosidad,
y se define con la letra "F" seguida de un
número que nos indica cuántas veces más
lejos está el foco en relación con el
diámetro. Por ejemplo: un objetivo de 80 mm.
de diámetro a F:5 tendrá una distancia
focal de 400 mm. (80 x 5); uno de 90 mm. a F:10 tendrá
el foco situado a 900 mm. (90 x 10). El asunto, como
ve, no es complicado. Si recuerda Usted aquello de que
la luz disminuye con el cuadrado de la distancia no
hará falta que le diga que a igualdad de diámetros
un F:5 será cuatro veces más luminoso
que un F:10, ¡fíjese si hay diferencia!
¿Y los aumentos? Pues más sencillo todavía:
sólo hay que dividir la distancia focal del objetivo
por la del ocular (esas piececitas pequeñas que
se colocan delante de los ojos y que sirven para dirigir
la luz que previamente a recogido el objetivo hacia
el interior de la pupila). Que tenemos un objetivo de
900 mm. de distancia focal y un ocular de 9 mm., pues
ya sabe, 100 aumentos. Si cambiamos a un ocular (son
intercambiables con sólo aflojar un tornillo
situado en el portaocular) de 4´5 mm. obtendremos
200. Además, también sirven para enfocar.
¿A que ya empieza a verlo todo más claro?
¡Bueno!, pues con estos sencillos conocimientos
previos vamos a ver si encontramos el tipo de telescopio
más adecuado para "su hijo" (¡hágame
caso, esto nunca falla!). En primer lugar debe saber
que existen básicamente tres tipos de instrumentos:
· refractores, cuyo objetivo es una lente.
· reflectores newton, cuyo objetivo es un espejo
parabólico.
· reflectores schmidt-cassegrain, cuyo objetivo
es un espejo esférico al que se le ha interpuesto
una fina lámina de vidrio especialmente estudiada
para corregir la aberración propia de esta forma
geométrica (también están los maksutov,
pero éstos son una variante del tipo mencionado).
En los refractores el objetivo (sería más
propio hablar de objetivos, puesto que en realidad se
trata de dos lentes dispuestas una a continuación
de la otra formando un doblete que elimina la aberración
cromática) se encuentra situado en la parte anterior
del tubo. Los binoculares están basados en este
principio, sólo que se le añaden unos
prismas con la finalidad, por una parte, de reducir
su tamaño sin que por ello haya que recurrir
a distancias focales excesivamente cortas, y por otra,
volver la imagen "del derecho" (los objetivos
tienen la fea costumbre de ponerlo todo "patas
arriba"). Esta clase de instrumentos ofrecen una
imagen "muy pura", los dotados de óptica
de baja dispersión, aún más, y
si encima son apocromáticos, cuyo objetivo es
un triplete, se le cae a uno la baba, pero el inconveniente
está en sus precios, o más concretamente,
en la relación precio/abertura. En los reflectores
newton no existe este problema (el vidrio empleado sólo
se utiliza de soporte para el recubrimiento del material
reflectante, generalmente plata o aluminio, por lo que
al no ser atravesado por la luz su calidad puede ser
bastante inferior. ¡Cuidado: una cosa es la calidad
del vidrio y otra muy distinta la precisión de
su pulido!). En esta clase de telescopios el objetivo,
también llamado espejo primario, se encuentra
al fondo del instrumento. Un segundo espejo más
pequeño (el secundario) situado a cierta distancia
del primario y dispuesto con una inclinación
de 45 grados en el centro del eje óptico se encargará
de desviar el cono de luz hacia un lateral del tubo.
Los schmidt-cassegrain, también conocidos vulgarmente
como s/c, sustituyen el espejo a 45º por un espejo
divergente; dicho espejo, también situado en
el centro del eje óptico y por la parte interior
de la lámina correctora, reenvía la luz
proyectada por el espejo primario de nuevo hacia el
fondo del tubo, ¡hacia el espejo primario! ¿Que
cómo demonios hace la luz para salir de esta
encerrona? ¡Pues muy sencillo!: en el centro del
primario el fabricante ha hecho un agujero, ¿astuto,
verdad? Los maksutov, magníficos instrumentos
por otra parte, sólo se diferencian de los s/c
en que la lámina correctora es sustituida por
una lente, que, aunque menos complicada de fabricar,
resulta algo más gruesa; o sea, son más
pesados. Los s/c y los maksutov, pese a tener distancias
focales generalmente superiores a los newton, cuentan
con un tubo más cortito que facilita enormemente
su transporte. ¡Oiga!: ¿y no "quita"
luz el espejo secundario? ¡Buena pregunta! En
efecto, todo elemento que se encuentre situado en el
interior del tubo óptico crea una cierta obstrucción,
sin embargo, esto se soluciona con una abertura mayor.
Fin del problema. ¡Bueno!, pues vamos a localizar
a Júpiter (después, si está Usted
de acuerdo, lo haremos con Andrómeda) y comprobemos
qué se ve con cada uno de estos instrumentos.
Hemos elegido para esta prueba un refractor acromático
de 100 mm. de diámetro y un metro de distancia
focal (F:10, por tanto), un reflector newton de 150
mm. a F:4 (es decir, con una distancia focal de 60 cm.)
y un s/c también de 150 mm. pero con una focal
de 1´8 metros (F:12). Se preguntará Usted
por qué no he escogido un refractor de 150 mm.
con la finalidad de establecer un criterio más
equitativo. Le seré sincero: el dinero que he
empleado en adquirir los tres telescopios de la prueba
no me alcanzaba para un refractor de esa abertura.
Bien, en el portaocular de los tres telescopios le he
dejado instalado un buen ocular (los malos no sirven
casi para nada) de 10 mm. ¿Qué le parece
si echa una ojeada a través del refractor? ¡Le
voy a dar una "colleja", el refractor es el
tubo largo y fino! ¡Eso es! Ahora, si es tan amable,
mire por el newton y luego a través del s/c.
¡Claro!, esos cuatro puntos pequeñitos
junto a Júpiter son sus satélites; si
no le hubiera temblado tanto el pulso también
los habría visto la otra noche con prismáticos,
aunque entonces no sabía Usted muy bien qué
estaba viendo. ¿Cómo?: ¡que con
el newton se ven cinco! No puede ser; déjeme
ver... El quinto es una estrella. El refractor tiene
menos abertura y por eso no ha conseguido verla a través
de ese instrumento. Tampoco aparece en el s/c porque
al proporcionar una mayor ampliación el campo
que nos muestra es más pequeño. Espere,
voy a desplazar un poco el tubo... ¡Ahí
la tiene! Se aprecia de manera algo más tenue;
dese cuenta de que aunque ambos reflectores cuentan
con una abertura semejante el s/c es bastante menos
luminoso (empleando un ocular de idéntica focal,
se sobreentiende). Si no le molesta, vuelva a mirar
la estrella por el newton; ahora, y como consecuencia
del giro de la Tierra, se verá muy próxima
al borde de la imagen. ¡No, no mueva el tubo!:
deje la estrella descentrada y dígame cómo
la ve. ¿Se parece, quizá, a la "Estrella
de Belén"? Los reflectores newton tienen
un problema: cerca del borde de la imagen las estrellas
se asemejan a cometas, y el asunto se agudiza cuanto
más corta es la focal, como en nuestro caso.
Si está dispuesto a gastarse un dinerillo, un
corrector de coma, que así se llama el artilugio,
¡y fin del problema! Pero centrémonos en
Júpiter. Por cierto, permítame un inciso,
¿ha observado que pese a no mover el refractor
en absoluto la imagen del planeta sigue perfectamente
centrada en el ocular? La montura ecuatorial motorizada
tiene sus ventajas. Le recuerdo que tenemos instalado
en los tres instrumentos un ocular de 10 mm. que nos
proporciona 180 aumentos en el s/c, 100 en el refractor
y 60 en el newton, así que como existen una gran
desproporción, vamos a instalar en éstos
últimos un ocular de 5 mm. (los oculares que
nos sobran los vuelvo a guardar en las bolsitas acolchadas
que llevo en los bolsillos. Extraviar una de estas piececitas
es toda una tragedia, se lo aseguro). En estas condiciones
conseguimos obtener 200 aumentos en el refractor y 120
en el newton. Mediante una lente de barlow podríamos
multiplicar por dos, o incluso por tres, los correspondientes
factores de ampliación pero, francamente, nos
quedaríamos "casi a oscuras", así
que dejemos las cosas como están. Si ya ha echado
Usted la ojeada correspondiente por los tres aparatos,
dígame: ¿qué imagen le parece a
Usted mejor? Veo que duda. Vuelva a mirar, no hay prisa.
A través de los reflectores la imagen del planeta
es mucho más luminosa. En el s/c quizá
algo menos, sin embargo... Apostaría que en el
s/c ve a Júpiter algo mejor. Mire Usted, este
instrumento nos proporciona una imagen del planeta algo
más grande, distinguimos más detalles.
Además, la lámina schmidt en algo tiene
que notarse... Veo que sigue Usted pegado al refractor.
El "quid" de la cuestión radica en
que estos instrumentos no sólo cuentan con varios
diafragmas cuyas aberturas se ajustan a la disminución
del campo interno (lo que favorece notablemente el contraste
al impedir que la luz difusa incida sobre el plano focal),
sino que también se ven menos afectados por las
turbulencias atmosféricas. En la observación
planetaria, en la que los detalles son fundamentales,
y sobre todo a la hora de separar estrellas dobles (estrellas
tan cercanas que a bajo aumento parecen sólo
una), los refractores ofrecen una imagen más
próxima al límite resolutivo de la óptica.
¡Bueno!, vamos a localizar a M-31. ¡No me
mire Usted así, yo tampoco sé dónde
está en este momento! Permítame que me
aproxime a la montura ecuatorial del refractor e introduzca
sus coordenadas (00 43, +41 16). ¡Ya está!
Observe cómo la montura dirige el telescopio
hacia la posición exacta en la que se encuentra
Andrómeda a esta hora de la noche. ¿Qué
le sucede? ¡Ah, ya, le "ha pasmado"
ver moverse sólo el anteojo! Claro, este tipo
de monturas evita a uno muchas pérdidas de tiempo.
Mientras observaba Usted extasiado la montura me he
acercado al "pelotilla" (disculpe, es el apodo
de mi coche) a por tres oculares de 40 mm. Andrómeda
abarca mucho campo y sus brazos son difusos, así
que no conviene de primeras diafragmar los objetivos
con pequeños oculares (se habrá fijado
que aunque el tamaño de sus carcasas no varía,
el diámetro de las lentes disminuye a medida
que se acortan sus focales). Sustituyámoslos
antes de nada (los que sobran a buen recaudo, ya lo
sabe) y dirijamos los otros telescopios hacia el mismo
lugar del cielo, más o menos. Acostúmbrese
a utilizar el buscador (ese anteojito chiquitín
adosado en paralelo al instrumento principal cuyo amplio
campo facilita enormemente la tarea de apuntar).
Disponemos ahora de 20, 15 y 45 aumentos, respectivamente.
Con los conocimientos que ha ido adquiriendo a lo largo
de la prueba seguro que no sólo no hará
falta que le diga el factor de ampliación correspondiente
a cada tipo de instrumento, sino que apostaría
a que ya sabe cuál de ellos nos ofrecerá
la imagen más clara de M-31... El newton, en
efecto. Por eso mismo vamos a dejarlo para el final.
En contra de lo que Usted esperaba, la imagen a través
del refractor no mejora demasiado en relación
a los prismáticos; aunque la abertura de éstos
últimos sea sensiblemente inferior, su corta
relación focal les permite aprovechar mejor la
luz. Además, luego está lo de la pupila
de salida, pero, francamente, prefiero no complicarle
a Usted la vida.
Aparte del núcleo oval de la galaxia, ¿distingue
Usted sus alas? ¡No, no se preocupe!, la verdad
es que la noche no acompaña (amigo lector: es
cierto que la noche no es muy buena, sin embargo, hace
un momento me he asomado al refractor y distinguí
en "visión oblicua" los brazos espirales
de M-31. Será mejor que ponga al corriente de
esto a mi "novato" ocasional).
¿Qué, cómo va eso? ¿Tampoco
las detecta a través del s/c? Pruebe Usted una
cosa: no dirija su mirada hacia el centro de la imagen
que le proporciona el ocular sino hacia la periferia,
hacia uno de los bordes, ¿qué barrunta
Usted en el lado opuesto? ¡Sí, eso es:
son azules y muy débiles!, bellísimas,
¿verdad? Las células de la periferia de
nuestra retina son más sensibles a la luz, por
eso la "visión lateral", u "oblicua",
obra sus milagros. A través del newton las verá
algo mejor; pruebe, pruebe... ¿A cuento de qué
se le ha puesto a Usted esa cara? ¿Que sus ahorrillos
no dan para mucho? Este newton lo construí yo
mismo. Sólo hay que adquirir las piezas sueltas
y montar el tubo según las instrucciones. El
bolsillo, créame, no es un gran problema.
¿Las monturas? Pues como todo: las hay estables
e inestables, sólidas o frágiles, precisas
o imprecisas, dobson, altacimutales, ecuatoriales (manuales,
motorizadas, gobernadas por ordenador, etc.). Si lo
tiene Usted muy claro embárquese en una montura
ecuatorial; sus círculos graduados le permitirán
localizar rápidamente los objetos a observar
sin necesidad de búsquedas o tanteos. El motor
y todo lo demás ya vendrá después;
conviene no correr más de la cuenta. Eso sí,
adquiera un modelo que le permita ir añadiendo
poco a poco esos nuevos elementos. Aunque para empezar
conviene ser modesto: una dobson, en el caso de que
se decida por el newton, o una montura altacimutal para
su flamante refractor ¡y a disfrutar! No obstante,
ya sabe: tendrá que ir moviendo de vez en cuando
el telescopio "para aquí" y "para
allá" si no quiere que el objeto observado
desaparezca de su vista. En la montura ecuatorial uno
de sus ejes (el horario, o de ascensión recta)
se hace coincidir con el eje de giro de la Tierra, por
lo que seguir el desplazamiento de un determinado astro
sólo requiere hacer girar el instrumento alrededor
de dicho eje, compensando así el movimiento aparente
de la bóveda celeste. De instalar el motorcito,
como es lógico, será éste el encargado
de ir moviendo el telescopio por nosotros. Este tipo
de montajes posibilita la realización de impresionantes
fotografías estelares, con exposiciones (a plena
montaña y "sin" Luna) de media hora,
cuarenta y cinco minutos, o incluso más. Ni que
decir tiene que por muy elevada que sea la calidad de
los ajustes deberá Usted estar pegado al tubo-guía,
o fuera de eje, con el fin de corregir cualquier eventual
(o progresiva) desviación de la montura, lo que,
obviamente, daría al traste con la fotografía
tan magnífica que Usted ya estaba empezando a
imaginar. Eso por no hablar de las famosas turbulencias,
la nube solitaria y misteriosa que ha ido justo a colocarse
encima de nosotros, el rayo "¡jo, qué
suerte!" (casi siempre a mitad de exposición)
y el inoportuno puntapié al trípode que
vuelve al telescopio del revés y al malhumorado
astrofotógrafo a su casa (después de semejante
disgusto se hace "cuesta arriba" volver a
colocar el telescopio en estación, o lo que es
lo mismo, apuntar de nuevo la ecuatorial hacia la Estrella
Polar y llevar a cabo por tanteo las correspondientes
correcciones hasta que el telescopio pueda efectuar
el seguimiento con un mínimo de precisión).
Luego están los filtros, los tipos de película,
el "forming-gas" para aumentar la sensibilidad
de la emulsión, la fotografía a primer
foco (usando el telescopio como objetivo de la cámara),
a segundo foco (intercalando un ocular), las exposiciones
múltiples que hay que montar y solapar en el
cuarto de baño... Perdón, quería
decir cuarto oscuro. La astrofotografía tiene
mérito, ¡sí, señor! Por si
no se le ha pasado a Usted por la cabeza, le bastará
una ecuatorial motorizada y el teleobjetivo ese que
a Usted le gusta tanto para ir tomándole el pulso
a esta afición. Ahora imagínese que consigo
registrar en apenas dos minutos y desde la terraza de
mi casa una imagen que le ha costado a Usted escalar
un buen trecho de montaña y estar después
pegado media hora al tubo-guía. Imagínese
además que el invento corrigiera por sí
mismo (combinado o no con una cámara fotográfica)
las posibles desviaciones de la montura, o, que de interponerse
la nube solitaria y misteriosa detuviera instantáneamente
el seguimiento. La cámara CCD, que así
se denomina el artilugio en cuestión, desplegará
unas imágenes soberbias sobre la pantalla de
cualquier ordenador (que podrá "toquetear"
después cuanto quiera, ¡que le conozco!),
sin embargo, déjeme decirle que tampoco son la
panacea: los captadores de mayor tamaño empleados
en las cámaras CCD de aficionado no alcanzan
a cubrir un 20% de la superficie de un negativo fotográfico,
o dicho de otra manera, los objetos grandes "se
salen" de la imagen. Esto, en parte, tiene solución
(los "mosaicos", por ejemplo) pero pregunte
antes a su ordenador qué tal lleva el día,
por si acaso.
Entretanto, que por algo hay que empezar, el más
modesto telescopio (los empleados en la prueba sepa
Usted que no lo son tanto) le brindará infinidad
de noches inolvidables, poniendo al alcance de sus ojos
un espectáculo que las palabras difícilmente
alcanzarán a describir; podrá llevar a
cabo impresionantes observaciones de los cráteres
lunares (en Luna "llena" ni lo intente; la
luz del sol cae tan de plano sobre su superficie que
apenas llegará a distinguir detalle alguno),
contemplar las fases de Mercurio y Venus, los casquetes
polares de Marte, las bandas de Júpiter, los
anillos de Saturno (si en ese momento están de
canto deberá esperar algunos meses), Urano, Neptuno,
medio centenar de objetos nebulares, unos cientocincuenta
cúmulos, varios centenares de galaxias y dos
o tres mil estrellas dobles (cuyo máximo aliciente
para el aficionado radica precisamente en separarlas).
Incluso podrá realizar fotografías a primer
foco de la Luna sin necesidad de ecuatorial (si intenta
aumentar mucho la imagen deberá compensar la
pérdida de luz aumentando el tiempo de exposición,
y ¡en fin, que la Luna no para de moverse!).
Y ahora, por si se anima a adquirir un telescopio, permítame
unos consejos que le servirán de cierta ayuda.
En primer lugar, si desconoce el rendimiento de las
ópticas, no se aventure a comprar un instrumento
a un determinado fabricante sin tener la garantía
de poderlo devolver en caso de que "no lo vea Usted
muy claro". Un objetivo de calidad deberá
ofrecer una imagen nítida y contrastada (si al
apuntarlo hacia la Luna tiene Usted la sensación
de ver las cosas como recién levantado de la
cama, devuélvalo sin pensárselo dos veces).
Las estrellas deben verse como puntos, con anillos de
difracción perfectos, o, al menos, mínimamente
concéntricos. Si desenfocando algo hacia ambos
extremos del portaocular la imagen se vuelve irreconocible,
o simplemente horrorosa, lo mismo le digo. Un objetivo
mediocre, por mucho diámetro que ofrezca, sólo
conseguirá "ponerle de los nervios";
para Usted el cielo estará siempre nublado y
todas las estrellas, aparte de parecerse extrañamente
a la estela de humo del "Columbia", serán
dobles, triples... No, mire Usted, si no llegan sus
ahorrillos espere algún tiempo o adquiera un
anteojo más modesto (después de todo no
podrá aparcarlo frente al portal de su vecino,
así que no es cuestión de presumir), pero
no ponga nunca en juego su vista. Otra cuestión:
si apenas ha hecho otra cosa que rozar el anteojo y
éste empieza a menearse a modo de "lambada",
imagínese observando un día de esos de
"lo que el viento se llevó". ¿Cómo
demonios va a saber qué está observando
si la imagen no para de moverse? Rechace, pues, una
montura semejante, sea ecuatorial o no. Por otra parte,
aunque siempre es aconsejable contar con dos o tres
oculares de distancias focales diferentes, un único
ocular de buena calidad y una lente de barlow de características
similares son una opción "muy resultona".
Independientemente de lo expuesto, tenga presente que
ningún objetivo soporta un número de aumentos
superior al resultado de multiplicar por dos su diámetro
en milímetros, aunque lo más aconsejable,
de cara a no perder contraste, es trabajar con aumentos
sensiblemente inferiores. Eso sí, adquiera un
instrumento que admita oculares de una pulgada y cuarto
de diámetro (la pulgada equivale a 2´54
cm.). Los oculares más pequeños diafragman
la luz al contar con una pupila de salida más
estrecha, por lo que en la práctica, el empleo
de estos oculares equivale a la utilización de
un telescopio de abertura inferior. Por cierto, la mayoría
de los telescopios (salvo los newton, que raramente
lo necesitan) se venden con un prisma cenital para evitar
un ataque de tortícolis de tener la cabeza mirando
tanto para arriba; este accesorio, como sucede con el
prisma inversor, cuya utilidad es "volver la imagen
del derecho" con la finalidad de poder emplear
el telescopio como anteojo terrestre, roba algo de luz
y resta campo, además de degradar algo la imagen
con aumentos elevados. Le recomiendo que sustituya el
prisma por un espejo cenital; en la observación
astronómica no le causará el menor problema
(sepa que el prisma cenital tampoco le ofrecerá
una imagen recta), y si se acostumbra a su inversión
de imagen lateral (le mostrará a la derecha lo
que realmente está a la izquierda) podrá
emplear también el telescopio para cotillear
las tonterías que hacen esos vecinos tan extraños
que Usted tiene.
¡Bueno, qué!: ¿ya ha decidido cuál
es el telescopio más adecuado para su hijo? Si
se inclina por la observación solar, o planetaria,
un refractor le vendrá bien, y si lo suyo es
el cielo profundo a "hincarle el diente" a
un reflector.
Y como el "terrenito en la montaña"
no es un accesorio disponible por catálogo, mejor
será que vaya haciéndose a la idea de
procurarse un instrumento de tamaño y peso razonable,
a no ser, claro, que ya disponga de una de esas casitas
en el campo a la que se va de tarde en tarde para cerciorarse
de que no se ha evaporado. En cuyo caso, ¡qué
quiere que le diga!: tiene Usted una suerte "astronómica".
¡Más tonto es su hijo si la desaprovecha!
Por cierto, no es por nada..., ¿no se habrá
guardado en el bolsillo un ocular de 10 milímetros?
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