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La astronomía al alcance de todos
 
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23 de Febrero de 2008
 

"La galaxia de Andrómeda puede barruntarse a simple vista como una difusa nebulosidad en el cielo nocturno. El más modesto de los prismáticos nos mostrará un espectáculo anodadante. Allá "arriba", infinitamente más lejos que las estrellas más distantes, cientos de miles de millones de soles alumbran amaneceres quizá tan vivos como el nuestro. La suave luz dorada de este inmenso piélago de soles, también conocido como M-31, ha tardado 2 millones de años en llegar hasta nosotros. Lo que un día fue presente, tras recorrer en forma de luz una devastadora y fría oscuridad, se trastoca en pasado al acariciar nuestra retina. Estamos tocando el universo."


Desde el centro de una gran ciudad difícilmente distinguiremos M-31 a simple vista, así que no se extrañe si jamás ha visto una difusa nebulosidad en el cielo nocturno con un cierto parecido a la galaxia en cuestión. La observación astronómica exige cielos oscuros y medianamente limpios. Bajo estas condiciones no le resultará muy complicado localizar a M-31 en la posición 00 43, +41 16. ¿Que de qué le estoy hablando? No se preocupe, a mí me soltaron algo parecido cuando empezaba. Querían ayudarme, facilitarme las cosas, enseñármelo "todo" en una noche (los astrónomos aficionados son así, disfrutan observando los gestos de asombro del novato, y créame, lo hacen con la mejor de las intenciones), pero lo cierto es que, al menos al principio, hubiera preferido unas explicaciones más de andar por casa. Así que olvidemos esto último, que Usted ya aprenderá por su cuenta si el asunto le interesa, y vamos a enfocar las cosas, o mejor dicho, los astros, desde otra perspectiva.

Seguro que recuerda haber aprendido en algún momento, probablemente en el colegio, que uno de los telescopios más grandes del mundo se encontraba (y sigue encontrándose) en Estados Unidos, en concreto en el "Monte Palomar". Hoy existen telescopios mucho mayores, pero bueno, eso es lo de menos, lo que quería contarle es que con un telescopio de aficionado de tipo medio dotado de una cámara CCD conectada ésta última a su vez a un ordenador doméstico, se pueden registrar imágenes estelares de magnitud 21, o sea, la que durante décadas fue la magnitud fotográfica límite del gigantesco telescopio mencionado como ejemplo. No es que para observar sea necesario todo este derroche instrumental, ni mucho menos, le hago este comentario para que no caiga en el error de pensar que un aficionado apenas puede hacer otra cosa que mirar tres o cuatro estrellas por un tubo (nunca mejor dicho).

Lo de la magnitud es importante; piense que desde el campo nuestra retina apenas alcanza a distinguir estrellas de la 6ª magnitud (por supuesto, con Luna "llena" las cosas se complican, aunque siempre es preferible esto a que se nuble, claro). La 7ª magnitud, invisible ya del todo a nuestra vista, es 2´5 veces menos luminosa que la 6ª, la 8ª magnitud 2´5 veces menos que la 7ª, y así sucesivamente. La magnitud 18, por poner un ejemplo, corresponde al brillo del cielo nocturno, es decir, a ese espacio oscuro en el que parecen estar pegadas las estrellas. Con estos datos ya podrá Usted ir haciéndose una idea de lo que supone alcanzar la magnitud 21. El problema de la astronomía, como se deduce fácilmente de lo expuesto, no radica en que todos los objetos a observar "se vean pequeños" (¡la galaxia de Andrómeda cubre casi medio campo en unos prismáticos corrientes!), sino que la luz que nos llega de los mismos resulta a menudo insuficiente para excitar las células sensibles de nuestra retina. Necesitamos valernos de un instrumento óptico que recolecte un gran número de fotones y los concentre en el interior de nuestro ojo. De aquí que sea la abertura del binocular, o telescopio, que empleemos el factor que nos delimitará la capacidad de ver o no estructuras débiles, algunas de ellas, dicho sea de paso, tan extensas como difusas. Del diámetro del objetivo dependerá su luminosidad, definición y número de aumentos que podrá llegar a proporcionarnos sin que la imagen se torne confusa y oscura. Así que ya lo ve, no hace falta un descalabro económico para iniciarse en la afición: unos buenos prismáticos serán suficientes, y, desde luego, preferibles a uno de esos anteojitos de "todo a cien" con el que sólo logrará desesperarse (salvo que las aberraciones ópticas causen en Usted un profundo regocijo, cosa que dudo).

Si después de contemplar M-31 con prismáticos (un sencillo planisferio de cartón le mostrará dónde encontrarla, ¡fíjese qué fácil!) mira inquieto su reloj porque faltan sólo 10 minutos "para el programa ese de la tele", mal asunto. Pero si continúa Usted haciendo barridos por el cielo hasta las tres de la mañana... Bueno, en este caso será mejor que prosigamos con lo nuestro. Probablemente, esa estrella "gorda" con la que se ha cruzado varias veces en su periplo por la bóveda celeste fuese Júpiter (se lo comento por si estaba Usted buscándolo), pero debido al bajo factor de ampliación de unos prismáticos corrientes sólo habrá podido ver eso, un globo de luz muy brillante (su magnitud media es -2) y, como es habitual en los planetas, de apenas centelleo. Ya ve, en este caso no es cuestión de luz sino de aumentos. Para ver un objeto como si se encontrara dos veces más cerca hacen falta 2 aumentos (x2), así que si su binocular es, pongamos por caso, un 7 x 50 (la primera cifra indica los aumentos ópticos y la segunda el diámetro del objetivo expresado en milímetros) la cosa no da para mucho (una estrella vista siete veces más cerca, pues eso, sigue siendo una estrella "muy muy" lejana, de aquí que se siga viendo como un punto). Si desea Usted ver cúmulos, nebulosas, galaxias, estrellas dobles o planetas, no le quedará más remedio que adquirir tarde o temprano un telescopio (si tiene Usted pareja..., ¡en fin, puede intentarlo con M-31 a ver si hay suerte!, aunque en este caso tener hijos es muy socorrido, ya sabe, por lo de que a la criatura le vendrá bien. Y no le quepa la menor duda de que así será). Conocer de antemano a qué tipo de observación va a destinar su telescopio es importante, entre otras cosas porque se fabrican diversos tipos de instrumentos y cada uno de ellos se comporta de manera diferente. Así que vamos a intentar aclararle a Usted las cosas. Como le comenté anteriormente, la misión del objetivo de cualquier telescopio es recoger y concentrar la luz en un punto situado cerca de nuestro ojo. Como también sabe Usted, a mayor diámetro del objetivo mayor cantidad de luz será recogida por éste (un objetivo de 10 cm. de diámetro será cuatro veces más luminoso que uno de 5 por el mero hecho de tener una superficie cuatro veces mayor -¿recuerda cómo se calcula el área de una superficie circular?-). Ahora bien, estará de acuerdo conmigo en que cuanto más lejos se encuentre el punto (o foco) en el que el objetivo concentre la luz menor será la intensidad de la misma en dicho punto. La distancia focal, que como puede apreciar no tiene nada que ver con el diámetro del objetivo, determina su luminosidad, y se define con la letra "F" seguida de un número que nos indica cuántas veces más lejos está el foco en relación con el diámetro. Por ejemplo: un objetivo de 80 mm. de diámetro a F:5 tendrá una distancia focal de 400 mm. (80 x 5); uno de 90 mm. a F:10 tendrá el foco situado a 900 mm. (90 x 10). El asunto, como ve, no es complicado. Si recuerda Usted aquello de que la luz disminuye con el cuadrado de la distancia no hará falta que le diga que a igualdad de diámetros un F:5 será cuatro veces más luminoso que un F:10, ¡fíjese si hay diferencia!

¿Y los aumentos? Pues más sencillo todavía: sólo hay que dividir la distancia focal del objetivo por la del ocular (esas piececitas pequeñas que se colocan delante de los ojos y que sirven para dirigir la luz que previamente a recogido el objetivo hacia el interior de la pupila). Que tenemos un objetivo de 900 mm. de distancia focal y un ocular de 9 mm., pues ya sabe, 100 aumentos. Si cambiamos a un ocular (son intercambiables con sólo aflojar un tornillo situado en el portaocular) de 4´5 mm. obtendremos 200. Además, también sirven para enfocar. ¿A que ya empieza a verlo todo más claro? ¡Bueno!, pues con estos sencillos conocimientos previos vamos a ver si encontramos el tipo de telescopio más adecuado para "su hijo" (¡hágame caso, esto nunca falla!). En primer lugar debe saber que existen básicamente tres tipos de instrumentos:

· refractores, cuyo objetivo es una lente.
· reflectores newton, cuyo objetivo es un espejo parabólico.
· reflectores schmidt-cassegrain, cuyo objetivo es un espejo esférico al que se le ha interpuesto una fina lámina de vidrio especialmente estudiada para corregir la aberración propia de esta forma geométrica (también están los maksutov, pero éstos son una variante del tipo mencionado).

En los refractores, el objetivo (sería más propio hablar de objetivos, puesto que en realidad se trata de dos lentes dispuestas una a continuación de la otra formando un doblete que elimina la aberración cromática) se encuentra situado en la parte anterior del tubo. Los binoculares están basados en este principio, sólo que se le añaden unos prismas con la finalidad, por una parte, de reducir su tamaño sin que por ello haya que recurrir a distancias focales excesivamente cortas, y por otra, volver la imagen "del derecho" (los objetivos tienen la fea costumbre de ponerlo todo "patas arriba"). Esta clase de instrumentos ofrecen una imagen "muy pura", los dotados de óptica de baja dispersión, aún más, y si encima son apocromáticos, cuyo objetivo es un triplete, se le cae a uno la baba, pero el inconveniente está en sus precios, o más concretamente, en la relación precio/abertura. En los reflectores newton no existe este problema (el vidrio empleado sólo se utiliza de soporte para el recubrimiento del material reflectante, generalmente plata o aluminio, por lo que al no ser atravesado por la luz su calidad puede ser bastante inferior. ¡Cuidado: una cosa es la calidad del vidrio y otra muy distinta la precisión de su pulido!). En esta clase de telescopios el objetivo, también llamado espejo primario, se encuentra al fondo del instrumento. Un segundo espejo más pequeño (el secundario) situado a cierta distancia del primario y dispuesto con una inclinación de 45 grados en el centro del eje óptico se encargará de desviar el cono de luz hacia un lateral del tubo. Los schmidt-cassegrain, también conocidos vulgarmente como s/c, sustituyen el espejo a 45º por un espejo divergente; dicho espejo, también situado en el centro del eje óptico y por la parte interior de la lámina correctora, reenvía la luz proyectada por el espejo primario de nuevo hacia el fondo del tubo, ¡hacia el espejo primario! ¿Que cómo demonios hace la luz para salir de esta encerrona? ¡Pues muy sencillo!: en el centro del primario el fabricante ha hecho un agujero, ¿astuto, verdad? Los maksutov, magníficos instrumentos por otra parte, sólo se diferencian de los s/c en que la lámina correctora es sustituida por una lente, que, aunque menos complicada de fabricar, resulta algo más gruesa; o sea, son más pesados. Los s/c y los maksutov, pese a tener distancias focales generalmente superiores a los newton, cuentan con un tubo más cortito que facilita enormemente su transporte. ¡Oiga!: ¿y no "quita" luz el espejo secundario? ¡Buena pregunta! En efecto, todo elemento que se encuentre situado en el interior del tubo óptico crea una cierta obstrucción, sin embargo, esto se soluciona con una abertura mayor. Fin del problema. ¡Bueno!, pues vamos a localizar a Júpiter (después, si está Usted de acuerdo, lo haremos con Andrómeda) y comprobemos qué se ve con cada uno de estos instrumentos. Hemos elegido para esta prueba un refractor acromático de 100 mm. de diámetro y un metro de distancia focal (F:10, por tanto), un reflector newton de 150 mm. a F:4 (es decir, con una distancia focal de 60 cm.) y un s/c también de 150 mm. pero con una focal de 1´8 metros (F:12). Se preguntará Usted por qué no he escogido un refractor de 150 mm. con la finalidad de establecer un criterio más equitativo. Le seré sincero: el dinero que he empleado en adquirir los tres telescopios de la prueba no me alcanzaba para un refractor medianamente aceptable de esa abertura.

Bien, en el portaocular de los tres telescopios le he dejado instalado un buen ocular (los malos no sirven casi para nada) de 10 mm. ¿Qué le parece si echa una ojeada a través del refractor? ¡Le voy a dar una "colleja", el refractor es el tubo largo y fino! ¡Eso es! Ahora, si es tan amable, mire por el newton y luego a través del s/c. ¡Claro!, esos cuatro puntos pequeñitos junto a Júpiter son sus satélites; si no le hubiera temblado tanto el pulso también los habría visto la otra noche con prismáticos, aunque entonces no sabía Usted muy bien qué estaba viendo. ¿Cómo?: ¡que con el newton se ven cinco! No puede ser; déjeme ver... El quinto es una estrella. El refractor tiene menos abertura y por eso no ha conseguido verla a través de ese instrumento. Tampoco aparece en el s/c porque al proporcionar una mayor ampliación el campo que nos muestra es más pequeño. Espere, voy a desplazar un poco el tubo... ¡Ahí la tiene! Se aprecia de manera algo más tenue; dese cuenta de que aunque ambos reflectores cuentan con una abertura semejante el s/c es bastante menos luminoso (empleando un ocular de idéntica focal, se sobreentiende). Si no le molesta, vuelva a mirar la estrella por el newton; ahora, y como consecuencia del giro de la Tierra, se verá muy próxima al borde de la imagen. ¡No, no mueva el tubo!: deje la estrella descentrada y dígame cómo la ve. ¿Se parece, quizá, a la "Estrella de Belén"? Los reflectores newton tienen un problema: cerca del borde de la imagen las estrellas se asemejan a cometas, y el asunto se agudiza cuanto más corta es la focal, como en nuestro caso. Si está dispuesto a gastarse un dinerillo, un corrector de coma, que así se llama el artilugio, ¡y fin del problema! Pero centrémonos en Júpiter. Por cierto, permítame un inciso, ¿ha observado que pese a no mover el refractor en absoluto la imagen del planeta sigue perfectamente centrada en el ocular? La montura ecuatorial motorizada tiene sus ventajas. Le recuerdo que tenemos instalado en los tres instrumentos un ocular de 10 mm. que nos proporciona 180 aumentos en el s/c, 100 en el refractor y 60 en el newton, así que como existen una gran desproporción, vamos a instalar en éstos últimos un ocular de 5 mm. (los oculares que nos sobran los vuelvo a guardar en las bolsitas acolchadas que llevo en los bolsillos. Extraviar una de estas piececitas es toda una tragedia, se lo aseguro). En estas condiciones conseguimos obtener 200 aumentos en el refractor y 120 en el newton. Mediante una lente de barlow podríamos multiplicar por dos, o incluso por tres, los correspondientes factores de ampliación pero, francamente, nos quedaríamos "casi a oscuras", así que dejemos las cosas como están. Si ya ha echado Usted la ojeada correspondiente por los tres aparatos, dígame: ¿qué imagen le parece a Usted mejor? Veo que duda. Vuelva a mirar, no hay prisa. A través de los reflectores la imagen del planeta es mucho más luminosa. En el s/c quizá algo menos, sin embargo... Apostaría que en el s/c ve a Júpiter algo mejor. Mire Usted, este instrumento nos proporciona una imagen del planeta algo más grande, distinguimos más detalles. Además, la lámina schmidt en algo tiene que notarse... Veo que sigue Usted pegado al refractor. El "quid" de la cuestión radica en que estos instrumentos no sólo cuentan con varios diafragmas cuyas aberturas se ajustan a la disminución del campo interno (lo que favorece notablemente el contraste al impedir que la luz difusa incida sobre el plano focal), sino que también se ven menos afectados por las turbulencias atmosféricas. En la observación planetaria, en la que los detalles son fundamentales, y sobre todo a la hora de separar estrellas dobles (estrellas tan cercanas que a bajo aumento parecen sólo una), los refractores ofrecen una imagen más próxima al límite resolutivo de la óptica.

¡Bueno!, vamos a localizar a M-31. ¡No me mire Usted así, yo tampoco sé dónde está en este momento! Permítame que me aproxime a la montura ecuatorial del refractor e introduzca sus coordenadas (00 43, +41 16). ¡Ya está! Observe cómo la montura dirige el telescopio hacia la posición exacta en la que se encuentra Andrómeda a esta hora de la noche. ¿Qué le sucede? ¡Ah, ya, le "ha pasmado" ver moverse sólo el anteojo! Claro, este tipo de monturas evita a uno muchas pérdidas de tiempo. Mientras observaba Usted extasiado la montura me he acercado al "pelotilla" (disculpe, es el apodo de mi coche) a por tres oculares de 40 mm. Andrómeda abarca mucho campo y sus brazos son difusos, así que no conviene de primeras diafragmar los objetivos con pequeños oculares (se habrá fijado que aunque el tamaño de sus carcasas no varía, el diámetro de las lentes disminuye a medida que se acortan sus focales). Sustituyámoslos antes de nada (los que sobran a buen recaudo, ya lo sabe) y dirijamos los otros telescopios hacia el mismo lugar del cielo, más o menos. Acostúmbrese a utilizar el buscador (ese anteojito chiquitín adosado en paralelo al instrumento principal cuyo amplio campo facilita enormemente la tarea de apuntar).

Disponemos ahora de 20, 15 y 45 aumentos, respectivamente. Con los conocimientos que ha ido adquiriendo a lo largo de la prueba seguro que no sólo no hará falta que le diga el factor de ampliación correspondiente a cada tipo de instrumento, sino que apostaría a que ya sabe cuál de ellos nos ofrecerá la imagen más clara de M-31... El newton, en efecto. Por eso mismo vamos a dejarlo para el final.
En contra de lo que Usted esperaba, la imagen a través del refractor no mejora demasiado en relación a los prismáticos; aunque la abertura de éstos últimos sea sensiblemente inferior, su corta relación focal les permite aprovechar mejor la luz. Además, luego está lo de la pupila de salida, pero, francamente, prefiero no complicarle a Usted la vida.

Aparte del núcleo oval de la galaxia, ¿distingue Usted sus alas? ¡No, no se preocupe!, la verdad es que la noche no acompaña (amigo lector: es cierto que la noche no es muy buena, sin embargo, hace un momento me he asomado al refractor y distinguí en "visión oblicua" los brazos espirales de M-31. Será mejor que ponga al corriente de esto a mi "novato" ocasional).

¿Qué, cómo va eso? ¿Tampoco las detecta a través del s/c? Pruebe Usted una cosa: no dirija su mirada hacia el centro de la imagen que le proporciona el ocular sino hacia la periferia, hacia uno de los bordes, ¿qué barrunta Usted en el lado opuesto? ¡Sí, eso es: son azules y muy débiles!, bellísimas, ¿verdad? Las células de la periferia de nuestra retina son más sensibles a la luz, por eso la "visión lateral", u "oblicua", obra sus milagros. A través del newton las verá algo mejor; pruebe, pruebe... ¿A cuento de qué se le ha puesto a Usted esa cara? ¿Que sus ahorrillos no dan para mucho? Este newton lo construí yo mismo. Sólo hay que adquirir las piezas sueltas y montar el tubo según las instrucciones. El bolsillo, créame, no es un gran problema.

¿Las monturas? Pues como todo: las hay estables e inestables, sólidas o frágiles, precisas o imprecisas, dobson, altacimutales, ecuatoriales (manuales, motorizadas, gobernadas por ordenador, etc.). Si lo tiene Usted muy claro embárquese en una montura ecuatorial; sus círculos graduados le permitirán localizar rápidamente los objetos a observar sin necesidad de búsquedas o tanteos. El motor y todo lo demás ya vendrá después; conviene no correr más de la cuenta. Eso sí, adquiera un modelo que le permita ir añadiendo poco a poco esos nuevos elementos. Aunque para empezar conviene ser modesto: una dobson, en el caso de que se decida por el newton, o una montura altacimutal para su flamante refractor ¡y a disfrutar! No obstante, ya sabe: tendrá que ir moviendo de vez en cuando el telescopio "para aquí" y "para allá" si no quiere que el objeto observado desaparezca de su vista. En la montura ecuatorial uno de sus ejes (el horario, o de ascensión recta) se hace coincidir con el eje de giro de la Tierra, por lo que seguir el desplazamiento de un determinado astro sólo requiere hacer girar el instrumento alrededor de dicho eje, compensando así el movimiento aparente de la bóveda celeste. De instalar el motorcito, como es lógico, será éste el encargado de ir moviendo el telescopio por nosotros. Este tipo de montajes posibilita la realización de impresionantes fotografías estelares, con exposiciones (a plena montaña y "sin" Luna) de media hora, cuarenta y cinco minutos, o incluso más. Ni que decir tiene que por muy elevada que sea la calidad de los ajustes deberá Usted estar pegado al tubo-guía, o fuera de eje, con el fin de corregir cualquier eventual (o progresiva) desviación de la montura, lo que, obviamente, daría al traste con la fotografía tan magnífica que Usted ya estaba empezando a imaginar. Eso por no hablar de las famosas turbulencias, la nube solitaria y misteriosa que ha ido justo a colocarse encima de nosotros, el rayo "¡jo, qué suerte!" (casi siempre a mitad de exposición) y el inoportuno puntapié al trípode que vuelve al telescopio del revés y al malhumorado astrofotógrafo a su casa (después de semejante disgusto se hace "cuesta arriba" volver a colocar el telescopio en estación, o lo que es lo mismo, apuntar de nuevo la ecuatorial hacia la Estrella Polar y llevar a cabo por tanteo las correspondientes correcciones hasta que el telescopio pueda efectuar el seguimiento con un mínimo de precisión). Luego están los filtros, los tipos de película, el "forming-gas" para aumentar la sensibilidad de la emulsión, la fotografía a primer foco (usando el telescopio como objetivo de la cámara), a segundo foco (intercalando un ocular), las exposiciones múltiples que hay que montar y solapar en el cuarto de baño... Perdón, quería decir cuarto oscuro. La astrofotografía tiene mérito, ¡sí, señor! Por si no se le ha pasado a Usted por la cabeza, le bastará una ecuatorial motorizada y el teleobjetivo ese que a Usted le gusta tanto para ir tomándole el pulso a esta afición. Ahora imagínese que consigo registrar en apenas dos minutos y desde la terraza de mi casa una imagen que le ha costado a Usted escalar un buen trecho de montaña y estar después pegado media hora al tubo-guía. Imagínese además que el invento corrigiera por sí mismo (combinado o no con una cámara fotográfica) las posibles desviaciones de la montura, o, que de interponerse la nube solitaria y misteriosa detuviera instantáneamente el seguimiento. La cámara CCD, que así se denomina el artilugio en cuestión, desplegará unas imágenes soberbias sobre la pantalla de cualquier ordenador (que podrá "toquetear" después cuanto quiera, ¡que le conozco!), sin embargo, déjeme decirle que tampoco son la panacea: los captadores de mayor tamaño empleados en las cámaras CCD de aficionado no alcanzan a cubrir un 20% de la superficie de un negativo fotográfico, o dicho de otra manera, los objetos grandes "se salen" de la imagen. Esto, en parte, tiene solución (los "mosaicos", por ejemplo) pero pregunte antes a su ordenador qué tal lleva el día, por si acaso.

Entretanto, que por algo hay que empezar, el más modesto telescopio (los empleados en la prueba sepa Usted que no lo son tanto) le brindará infinidad de noches inolvidables, poniendo al alcance de sus ojos un espectáculo que las palabras difícilmente alcanzarán a describir; podrá llevar a cabo impresionantes observaciones de los cráteres lunares (en Luna "llena" ni lo intente; la luz del sol cae tan de plano sobre su superficie que apenas llegará a distinguir detalle alguno), contemplar las fases de Mercurio y Venus, los casquetes polares de Marte, las bandas de Júpiter, los anillos de Saturno (si en ese momento están de canto deberá esperar algunos meses), Urano, Neptuno, medio centenar de objetos nebulares, unos cientocincuenta cúmulos, varios centenares de galaxias y dos o tres mil estrellas dobles (cuyo máximo aliciente para el aficionado radica precisamente en separarlas). Incluso podrá realizar fotografías a primer foco de la Luna sin necesidad de ecuatorial (si intenta aumentar mucho la imagen deberá compensar la pérdida de luz aumentando el tiempo de exposición, y ¡en fin, que la Luna no para de moverse!).
Y ahora, por si se anima a adquirir un telescopio, permítame unos consejos que le servirán de cierta ayuda. En primer lugar, si desconoce el rendimiento de las ópticas, no se aventure a comprar un instrumento a un determinado fabricante sin tener la garantía de poderlo devolver en caso de que "no lo vea Usted muy claro". Un objetivo de calidad deberá ofrecer una imagen nítida y contrastada (si al apuntarlo hacia la Luna tiene Usted la sensación de ver las cosas como recién levantado de la cama, devuélvalo sin pensárselo dos veces). Las estrellas deben verse como puntos, con anillos de difracción perfectos, o, al menos, mínimamente concéntricos. Si desenfocando algo hacia ambos extremos del portaocular la imagen se vuelve irreconocible, o simplemente horrorosa, lo mismo le digo. Un objetivo mediocre, por mucho diámetro que ofrezca, sólo conseguirá "ponerle de los nervios"; para Usted el cielo estará siempre nublado y todas las estrellas, aparte de parecerse extrañamente a la estela de humo del "Columbia", serán dobles, triples... No, mire Usted, si no llegan sus ahorrillos espere algún tiempo o adquiera un anteojo más modesto (después de todo, no podrá aparcarlo frente al portal de su vecino, así que no es cuestión de presumir), pero no ponga nunca en juego su vista. Otra cuestión: si apenas ha hecho otra cosa que rozar el anteojo y éste empieza a menearse a modo de "lambada", imagínese observando un día de esos de "lo que el viento se llevó". ¿Cómo demonios va a saber qué está observando si la imagen no para de moverse? Rechace, pues, una montura semejante, sea ecuatorial o no. Por otra parte, aunque siempre es aconsejable contar con dos o tres oculares de distancias focales diferentes, un único ocular de buena calidad y una lente de barlow de características similares son una opción "muy resultona". Independientemente de lo expuesto, tenga presente que ningún objetivo soporta un número de aumentos superior al resultado de multiplicar por dos su diámetro en milímetros, aunque lo más aconsejable, de cara a no perder contraste, es trabajar con aumentos sensiblemente inferiores. Eso sí, adquiera un instrumento que admita oculares de una pulgada y cuarto de diámetro (la pulgada equivale a 2´54 cm.). Los oculares más pequeños diafragman la luz al contar con una pupila de salida más estrecha, por lo que en la práctica, el empleo de estos oculares equivale a la utilización de un telescopio de abertura inferior. Por cierto, la mayoría de los telescopios (salvo los newton, que raramente lo necesitan) se venden con un prisma cenital para evitar un ataque de tortícolis de tener la cabeza mirando tanto para arriba; este accesorio, como sucede con el prisma inversor, cuya utilidad es "volver la imagen del derecho" con la finalidad de poder emplear el telescopio como anteojo terrestre, roba algo de luz y resta campo, además de degradar algo la imagen con aumentos elevados. Le recomiendo que sustituya el prisma por un espejo cenital; en la observación astronómica no le causará el menor problema (sepa que el prisma cenital tampoco le ofrecerá una imagen recta), y si se acostumbra a su inversión de imagen lateral (le mostrará a la derecha lo que realmente está a la izquierda) podrá emplear también el telescopio para cotillear las tonterías que hacen esos vecinos soplagaitas que Usted tiene.

¡Bueno, qué!: ¿ya ha decidido cuál es el telescopio más adecuado para su hijo? Si se inclina por la observación del sol o los planetas, un refractor le vendrá bien, y si lo suyo es el cielo profundo a "hincarle el diente" a un reflector.

Y como el "terrenito en la montaña" no es un accesorio disponible por catálogo, mejor será que vaya haciéndose a la idea de procurarse un instrumento de tamaño y peso razonable, a no ser, claro, que ya disponga de una de esas casitas en el campo a la que se va de tarde en tarde para cerciorarse de que no se ha evaporado. En cuyo caso, ¡qué quiere que le diga!: tiene Usted una suerte "astronómica". ¡Más tonto es su hijo si la desaprovecha!

Por cierto, no es por nada, pero... ¿no se habrá guardado en el bolsillo un ocular de 10 milímetros?

 
Fuente del artículo: www.guiamadridrural.com
Autor: Luis de la Fuente
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